El Cielo, la Soberanía y el Populismo: Fundamentos de la Nueva Teopolítica


Ensenada, Baja California. 31 de agosto de 2019 (Informe § Hokana).-  En la década de 1960, en plena prosperidad de la posguerra, a pesar de la paz y a pesar de la creciente integración europea; uno de los más grandes pensadores del Siglo XX, el filósofo alemán, Martin Heidegger hablaba de Europa como una «civilización en ruinas«.

Heidegger siempre fue nacionalista y antes de la Segunda Guerra Mundial se le asoció directamente con el partido nazi. Aunque posteriormente repudió la experiencia fascista en Alemania, nunca renunció al «nacionalismo», y eso lo condenó a ser una especie de exiliado en su propia tierra; ya que los nuevos actores políticos que darían paso a la muy (neo)liberal Unión Europea no permitían (y no permiten) semejante inclinación política o intelectual.

Hoy por hoy, de acuerdo a la ideología (neo)liberal (todavía) dominante en las relaciones internacionales, los grandes medios de comunicación, las «élites» y hasta cierto punto en gran parte de las sociedades de clase media-alta (que aspiran a convertirse en ciudadanía de una «aldea global»); cualquier forma de nacionalismo (ya sea nacionalismo económico, la defensa de las fronteras o de la identidad étnica) termina inevitablemente asociado en última instancia al fascismo, el racismo, el nazismo y/o el supremacismo. Y este fenómeno no se reduce a Europa o al mundo anglosajón, cuando incluso México ha sido criticado por el Comité Contra la Discriminación Racial de la ONU, luego de que el actual gobierno («populista«) mexicano militarizara (con la Guardia Nacional) el manejo de la crisis migratoria centroamericana.

Con la voz de un profeta maldito, Heidegger, en su última y famosa entrevista para la revista Der Spiegel, aseguraba (anticipando el caos del modelo neoliberal que hoy fenece) que ningún agente humano (por lo tanto ninguna raza), solo uno sobrehumano: «solo un dios puede salvarnos«. Y no se refería exclusivamente a Europa.

Pan y Circo o La Espada y la Cruz

El ascenso político del «populismo» en el mundo, sin importar si es de izquierda o derecha (ya sea Putin, Trump, AMLO, Bolsonaro, Duterte, Salvini, etc.) continúa confundiendo a «expertos» y politólogos.

Una y otra vez, el «populista» en cuestión realiza pronunciamientos demasiado audaces, declaraciones de extrema grandiosidad, que parecen imposibles. Cuando se les presiona sobre cómo pretenden alcanzar estos objetivos aparentemente imposibles, simplemente reafirman que los alcanzarán sin importar los obstáculos; lo que suele traducirse, según los liberales, en «falta de capacidad institucional», «falta de conocimiento» e incluso «analfabetismo» económico/científico (o más bien tecnocrático).

Paradójicamente, al exigir justificaciones racionales, al presionar al «populista» para que entregue los detalles específicos de la política pública o al oponerse a las medidas «autoritarias» de la estrategia nacional o internacional; los opositores «liberales» (que fracasaron con todo y su modelo «científico», globalista y tecnocrático) pierden el poco respaldo popular que les queda. Mientras tanto, los votantes aplauden los arranques proteccionistas, militaristas, tradicionalistas o conservadores del «populista» en cuestión; incluso si eso significa pasar por encima de la «institucionalidad».

¿Acaso tiene razón esta oposición desesperada? ¿Es el atractivo (todavía creciente) del «populista» algo totalmente irracional?

No son pocos los (neo)liberales que piden «reasignar» el peso del voto para «salvar a la democracia» (o a la tecnocracia) de la «masa bruta e ignorante» que continúa respaldando en las urnas a los «populismos» locales. La única opción viable (para los «liberales») es el absurdo de cancelar la democracia para «salvarla» con impeachments y golpes de Estado.

Estamos atestiguando, como profetiza Vladimir Putin, el fin del orden mundial liberal.

Sin duda, hay muchas formas de analizar esta coyuntura, y muchas líneas de investigación a considerar. Vamos a ofrecer, no como crítica sino como análisis formal, una perspectiva teológica que tal vez coincida con la realidad y al mismo tiempo con el pánico de los (neo)liberales.

La Ética Protestante y el Espíritu del Populismo

Juan Calvino, teólogo francés (uno de los autores centrales de la Reforma Protestante) escribe en su tratado Institutio Christianae Religionis que el poder divino es, por definición, absoluto; por lo que no contempla distinciones entre «hacer y permitir»: Dios no «permite», puesto que todo lo que sucede es su designio. Dios solo gobierna.

Por el contrario, «los hombres actúan por instigación secreta de Dios, y no discuten ni deliberan sobre otra cosa que no sea lo que Dios ha decretado previamente dentro de sí mismo». Esta «instigación secreta» es tal que «la mente carnal (o racional) apenas puede comprenderlo», dejando a los mortales solo con la posibilidad de temblar ante la omnipotencia divina. Entonces el concepto de soberanía (del latín *superanus y significa «el que tiene autoridad sobre los demás»), no pertenece al ser humano sino que «pertenece a la ira y el poder de Dios». La ira y el poder divino son evidentes cuando la normalidad (luego de una catástrofe natural, por ejemplo) se interrumpe, una excepción a la norma que requiere la reacción (discusión y deliberación) del ser humano para hacer frente a lo que Dios le depara.

Tales consideraciones teológicas son esenciales para entender las tesis del polémico filósofo Carl Schmitt (simpatizante del partido nazi, igual que Heidegger) en su libro Teología Política, donde plantea uno de los «descubrimientos» más importantes para la historia de la teoría política: «todos los conceptos significativos de la teoría moderna del Estado son conceptos teológicos secularizados». En este sentido, Schmitt retoma las ideas de Clavino para explicar que la idea «moderna» (secularizada o laica) de «soberanía» política; la cual, según Schmitt, proviene de la «soberanía divina».

Entonces Schmitt asegura que el «soberano» no es el pueblo (que solo permite, no gobierna). El soberano, según la Teología Política es aquel que decida sobre el «estado de excepción» (también conocido como «estado de emergencia» o «régimen de excepción»). La excepción al marco jurídico, legal, institucional, que es necesaria para «re-establecer el orden» en caso de emergencias, guerras o cualquier tipo de desastre. El Estado de Excepción otorga, como cualquier jurista entiende, un poder absoluto (¿divino?), efectivo y real al gobernante.

¿Un poder ajeno a la mente carnal (racional, tecnocrática, moderna, neo-liberal)?

El Retorno del Rey

Estamos sugiriendo entonces que cuando el populista desenvaina su fuerza de voluntad (para salvar a la Patria, al pueblo y/o su identidad), su simple afirmación de poder, su implícita fe; es decir, sus actos «antidemocráticos» o «autoritarios» o que rompen «el orden constitucional», resuenan siempre con el pueblo. Un eco primitivo que se rehúsa a desparecer en el secularizado concepto de «soberanía». Desde esta perspectiva anti-moderna, es posible entender entonces al pueblo que respalda sin exigir razones o justificaciones a las afirmaciones del líder populista; ya que el poder que lo respalda es indescriptible, inefable, un misterio. Es un poder que opera bajo el mandato de los antepasados, o de un dios, o dioses, o simplemente de la eternidad.

Ante el evidente desastre de la democracia tecnocrática (o neoliberal); pero también ante el trauma de la experiencia (atea o agnóstica) del comunismo y el socialismo; el pueblo se está levantando para otorgar legitimidad (una vez más) a los líderes verdaderamente soberanos, quienes se atreven a designar la excepción, a ejercer el poder real, una especie de gobernanza sagrada, o como se le conoce en la filosofía tradicional de China (la nueva e inevitable primera potencia mundial): el «Mandato Celeste» o «Mandato del Cielo«: el derecho sagrado del gobierno (no importa si es dinástico, democrático, fascista, o un largo etc.) de quien verdaderamente ama y protege a su pueblo, quien reconoce en su nación una «elección sagrada, una misión» de supervivencia como Estado-Nación (con fronteras e instituciones fuertes) pero más importante aún, con un proyecto trascendental de Estado-Civilización.

Por lo tanto la principal característica del «populista» (a diferencia del «ateo» cosmopolita, ya sea liberal o marxista) es la veneración teopolítica de lo que sea que existe «más allá» y que sustenta la cosmogonía de su propia civilización, incluyendo el pasado (legendario o mitológico) y la tradición (popular y religiosa) como puntos de partida en cada proyecto de progreso y desarrollo: la «Nueva Ruta de la Seda» china, el «Tren Maya» mexicano y la «Crimea Sagrada» de Rusia son algunos ejemplos.

Patria, tradición y eternidad. Estos son los fundamentos de la nueva teopolítica.

Fuentes:

The Christian Century (2019, 10 de julio). Populism and who it’s for. Recuperado de: https://www.christiancentury.org/article/critical-essay/populism-and-who-it-s

Political Theology (2016, 28 de julio). Donald Trump and the Theopolitics of Ineffable Power. Recuperado de: https://politicaltheology.com/donald-trump-and-the-theopolitics-of-ineffable-power/