La conspiración de las vacas: el desastre ecológico del que nadie quiere hablar

Ensenada, Baja California. 4 de agosto de 2017 (Informe § Hokana).- El fenómeno del calentamiento global causado por la acumulación de gases de efecto invernadero prácticamente se ha convertido en sabiduría popular. Estos gases se han atribuido al uso de los combustibles fósiles como el petroleo, el gas o el carbón.

Sin embargo, mientras que dichos sectores de la industria han sido criticados severamente por su papel en la degradación ambiental del planeta, hay un sector económico que parece haber escapado a la denuncia, a pesar de ser corresponsable de la crisis global: la ganadería.

El cineasta Kip Andersen y su camarógrafo y co-director Keegan Kuhn, desentrañan este “secreto” en el documental titulado Cowspiracy: The Sustainability Secret.

Después de ver An Inconvenient Truth (la famosa película del ex vicepresidente estadounidense Al Gore), Andersen empezó a reciclar de manera religiosa, apagaba las luces cuando no las usaba, se duchaba con poca frecuencia y usaba la bicicleta en lugar de conducir.

Como muchos otros ambientalistas, Andersen creía que estaba haciendo todo lo que podía para ayudar al planeta, siguiendo las directrices de varias organizaciones ambientales; pero su visión cambió dramáticamente cuando se encontró con un estudio de la ONU afirmando que, a nivel mundial, la cría de ganado produce más gases de efecto invernadero que los automóviles.

Andersen estaba en shock, se consideraba una persona bien informada y consciente pero jamás había escuchado ni una sola advertencia o alguna tímida mención sobre el gas metano proveniente de los deshechos del ganado (sí, excremento de vaca) y su relación con el efecto invernadero. Así nace la idea de filmar Cowspiracy, donde Andersen llega al extremo de afirmar (a través de su propia investigación) que no son los gigantes petroleros o las plantas de carbón; sino los productores de carne roja, quienes calificarían como la industria más destructiva que enfrenta el planeta en la actualidad.

El espectáculo de 90 minutos inyecta bastante humor al complejo tema, alcanzando un tono similar al de los documentales de denuncia de Michael Moore. Andersen registra lo que parece ser una conspiración internacional (donde participan de forma hipócrita las grandes organizaciones ambientalistas) para encubrirla la cuestión de la industria animal; mientras que los pocos denunciantes que Andersen logra encontrar y entrevistar le advierten que si se empeña en evidenciar al sector ganadero, su libertad e incluso su vida estarán en peligro.

Destructor de bosques

La película ha provocado debate (y fuertes críticas) dentro de la misma comunidad científica. Como señala el portal Eco-Huella, hay un dato que se cita varias veces en el documental y que tiene un poco de trampa: el 51% de las emisiones de gases de efecto invernadero se deben a la ganadería y agricultura. Esta cifra, en principio es cierta, pero se ha calculado utilizando una metodología con un horizonte de cálculo de 20 años, mientras que todos los datos oficiales aportados por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) se calculan con un horizonte a 100 años. Y es que con un horizonte largo, el porcentaje del metano pierde relevancia debido a que su permanencia en la atmósfera es inferior al CO2.

Los críticos de Cowspiracy señalan que la comunidad internacional toma como medida correcta el calculo de la FAO: a 100 años (suficientes para que el metano producido por las vacas se reduzca), por lo que la ganadería sería responsable “únicamente” del 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Sin embargo, lo que nadie puede negar, como se detalla en Cowspiracy, es que la producción agropecuaria es el impulsor primario de la destrucción de las selvas y los bosques, por lo tanto de la extinción de diversas especies debido a la pérdida de hábitats y la erosión.

La película revela, por ejemplo, cómo este sector es responsable del 90% de la destrucción de la selva amazónica, dato respaldado por instituciones como el Banco Mundial y la Universidad de Stanford.

El verdadero ecocidio que vive el Amazonas es solo uno de tantos aspectos que el documental denuncia como atribuibles a la industria de la proteína animal. Por si fuera poco, la huella hídrica que conlleva producir carne roja es suficiente para escandalizar a los verdaderos ambientalistas, ya que que son necesarios hasta 3,000 litros de agua para crear una sola hamburguesa, lo que equivale al agua usada por una sola persona para bañarse durante un par de meses.

El documental apunta a dos conclusiones obvias: es necesario regular a la industria de la carne, tarea que como se sugiere en la película, pocos se atreverán a perseguir, y por último: los seres humanos debemos prescindir totalmente de la carne y adoptar la dieta vegana. Esta última afirmación puede parecer radical y no son pocos los que señalan la “agenda vegana” detrás de Cowspiracy, sin embargo la ciencia parece estar del lado de Andersen y su documental, al menos en parte.

Pollo o pescado

Gidon Eshel, profesor de ciencias ambientales y física en el Bard College de Nueva York, fue el autor principal de un estudio que en 2014 llegó a los medios de comunicación en todo el mundo debido a su descubrimiento: encontró que la carne de vaca requiere 28 veces más tierra, 11 veces más agua de riego, seis veces más fertilizante nitrogenado y genera cinco veces más emisiones de gases de efecto invernadero que cualquier otra forma de proteína animal.

En palabras de Eshel: “de entre todas las causas para la deforestación tropical, la principal es la carne vacuna. Producir carne de res es uno de los usos más ineficientes de los recursos del planeta. En los Estados Unidos, el 47% de la tierra se utiliza para la producción de alimentos y la mayor parte de ese territorio es sólo para cultivar forraje para el ganado. Las cosas que nosotros (los seres humanos) comemos directamente: frutas, verduras y semillas ocupan sólo el uno por ciento”.

En países como México, más de la mitad del territorio nacional se usa para la ganadería y en Brasil la proporción ronda el 45%.

“Tal vez no todo el mundo está listo para comenzar a comer tofu a diario. Lo entiendo. Pero incluso si solo deseamos tener algo de carne entre los dientes, y cambiáramos todos a una dieta a base de pollo, habríamos eliminado el 80% del impacto ecológico”, explicó Eshel.

Habrá que tomarlo en cuenta la próxima vez que se nos antoje una hamburguesa.

Fuentes:

The Star (2016, 13 de diciembre). Eating beef is bad for Earth. Recuperado de: http://www.star2.com/living/living-environment/2016/12/13/eating-beef-is-bad-for-earth/

El Economista (2014, 21 de julio). Comer carne de res sí es dañino… para el ambiente. Recuperado de: http://eleconomista.com.mx/entretenimiento/2014/07/21/comer-carne-res-danino-ambiente