La Conspiración del Azúcar

Por James Corbett.

Ensenada, Baja California. 31 de mayo de 2020 (Informe § Hokana).-  Un explosivo estudio publicado en la revista PLOS Biology confirma tres cosas que los expertos independientes de la salud han estado diciendo durante años:

  • Las dietas azucaradas son peores para su salud que las dietas ricas en grasas.
  • Los científicos han sabido este hecho durante décadas.
  • La industria azucarera ocultó activamente la investigación que apoya este hecho.

El estudio titulado “Patrocinio de la industria del azúcar en estudios de roedores libres de gérmenes en relación a la sacarosa, la hiperlipidemia y el cáncer: un análisis histórico de documentos internos, aparece como un improbable candidato a trama policíaca y artículo académico.

En el corazón de esta cinta de suspenso médica se encuentra el misterioso nombre “Proyecto 259”, un proyecto de investigación que se desarrolló entre 1967 y 1971 para examinar el vínculo entre el consumo de sacarosa y la enfermedad cardíaca coronaria. Visto desde el afuera, el proyecto, dirigido por el Dr. W.F.R. Pover en la Universidad de Birmingham, parecía ser solo otro estudio clínico en ciencias de la nutrición. Implicaba un experimento de alimentación en el que las ratas de laboratorio se separaban en dos grupos, una con una dieta alta en azúcar y la otra con la llamada “dieta básica PRM” de harina de cereales, harina de soya, harina de pescado y levadura seca.

Pero este no fue el proyecto apasionado de un científico imparcial tratando de llegar a la verdad. Este fue un estudio patrocinado por la Fundación de investigación del azúcar, la SRF por sus siglas en inglés (Sugar Research Foundation), que en caso de que no sea evidente, tiene vínculos organizativos con la Sugar Association, asociación comercial de la industria azucarera estadounidense.

Los resultados del experimento de la SRF, de acuerdo con una evaluación interina emitida en 1969, fueron extremadamente interesantes:

“Entre las observaciones [del Proyecto 259] resaltaba… que había una diferencia en la metabolización de la sacarosa y el almidón en la alimentación en ratas”. Después de haber sido un punto de investigación científica y debate durante décadas, la primera evidencia experimental de que el azúcar y el almidón se metabolizan de manera diferente era bastante significativa. Pero, como explica el artículo de PLOS Biology, la forma en que se manifestó esta diferencia fue aún más relevante:

¿Cómo pudo haber llevado tanto tiempo para una verdad tan obvia e innegable, que el azúcar es el culpable clave en una variedad de enfermedades y trastornos, para que sea reconocida?

“Este hallazgo incidental del Proyecto 259 demostró a la SRF que el consumo de sacarosa causó diferentes efectos metabólicos al almidón, y sugirió que la sacarosa, al estimular la beta-glucuronidasa urinaria, puede tener un papel en la patogénesis del cáncer de vejiga”.

Por lo tanto, seguramente estos resultados fueron publicados con gran fanfarria y se convirtieron en la piedra de toque para una investigación científica exhaustiva sobre el posible vínculo azúcar-cáncer, ¿no?

Por supuesto que no.

“Después de apoyar el proyecto durante 27 meses, [la Sugar Research Foundation] no aprobó las 12 semanas adicionales de financiación necesarias para completar el estudio”.

Sí, como era de esperarse, el estudio innovador que demostraba una diferencia biológica significativa entre ratas alimentadas con sacarosa y con almidón, fue archivado y ninguno de sus resultados fue publicado jamás.

¿Pero que fue lo que sí se publicó? Un artículo en el New England Journal of Medicine que destacaba los lípidos y el colesterol como las causas de la enfermedad cardíaca, y minimizaba el riesgo del consumo de azúcar. Ese estudio, también, fue patrocinado por la SRF, pero (¡sorpresa!), el papel de la industria azucarera en la financiación del artículo no se reveló cuando se publicó en 1965. Tomó 61 años para que ese pequeña aclaración sobre el financiamiento fuera desenterrado por los investigadores y publicado.

El hecho de que la industria azucarera haya estado trabajando activamente para encubrir el papel del azúcar en la enfermedad coronaria, la diabetes, la obesidad, el cáncer y muchas otras dolencias no sorprenderá a mis lectores habituales, e incluso hasta las víctimas de las noticias falsas de los principales medios de comunicación, quizá ya habrán escuchado algo de esta historia.

The New York Times abordó el tema en 2011, cuando se atrevió a preguntar “¿Es tóxico el azúcar?”. Fue seguido obedientemente por su compañero noticioso en TV, «60 Minutes»haciendo la misma pregunta en 2012.

En 2015, Time Magazine aumentó considerablemente la apuesta: “El azúcar es definitivamente tóxico, según un nuevo estudio”.

Y para el 2016, la pista ya estaba despejada. Como Huffington Post nos informó: “El azúcar no es solo una droga sino también un veneno”.

Entonces, ¿qué rompió el dique? ¿Por qué las noticias falsas de los medios dinosáuricos abrieron repentinamente las compuertas sobre la conspiración azucarera? Como siempre, hubo un puñado de valientes científicos independientes que realmente hicieron una diferencia y, sin ayuda, defendieron la verdad frente a un bloqueo total desde el lobby de la industria azucarera, hasta que el público finalmente se dio cuenta de la estafa. Solo entonces los medios de comunicación masivos (y la industria de la nutrición en sí) se vieron obligados a admitir finalmente la verdad evidente. Descartados como “chiflados” y “charlatanes”, estos científicos se mantuvieron firmes durante décadas bajo una presión increíble.

Solo pregúntale a John Yudkin, nutricionista británico que comenzó a sonar la alarma sobre los peligros del consumo de azúcar a fines de la década de 1950. Su tratado de 1972, Pure, White and Deadly, cómo el azúcar nos está matando y lo que podemos hacer para detenerlo, dio un golpe en la lucha contra la sacarosa: “si solo una pequeña fracción de lo que ya se sabe sobre los efectos del azúcar fuera revelado en comparación con cualquier otra sustancia utilizada como aditivo alimentario”, escribió en su capítulo inicial, «este sería rápidamente prohibido”.

El libro, escrito por un profano y dirigido a la gente para que entendiera los peligros para la salud del consumo de azúcar, fue un gran éxito. Publicado en los Estados Unidos como Sweet and Dangerous, el trabajo de Yudkin también se tradujo al finlandés, alemán, húngaro, italiano, japonés y sueco, con una edición revisada y ampliada que se publicó en 1986.

Pero a pesar de este éxito popular (o, más precisamente, por eso), Yudkin se convirtió en el objetivo de la industria azucarera y sus lacayos bien financiados en el campo de la “ciencia” nutricional. La industria trató de evitar la publicación del libro y al fracasar, se puso a trabajar para intentar destruir la reputación de Yudkin. En esa tarea, tuvieron éxito. Al momento de su muerte en 1995, Yudkin fue en gran parte relegado al basurero de la historia nutricional.

No fue hasta que el trabajo de Yudkin fue redescubierto en 2008 por Robert Lustig, un endocrinólogo pediátrico de la Universidad de California en San Francisco, que las cosas realmente comenzaron a cambiar. Lustig hizo una presentación sobre los peligros ocultos del consumo de acaz “Sugar: The Bitter Truth”, que se convirtió en un honesto vídeo viral, un raro unicornio en el campo de las conferencias académicas de 90 minutos sobre ciencia nutricional. A partir de ese momento, los investigadores médicos y los medios de comunicación tradicionales se vieron obligados a admitir la pilas de evidencias que se habían quedado observando (y/o reprimidas activamente por el lobby azucarero) durante décadas.

Tan satisfactorio como pueda resultar la reivindicación póstuma de Yudkin, esto nos plantea una pregunta más amplia: ¿Cómo pudo haber llevado tanto tiempo para una verdad tan obvia e innegable (que el azúcar es el culpable clave en una variedad de enfermedades y trastornos) fuera reconocida?

Después de todo, el azúcar había sido una causa sospechosa de obesidad y diabetes durante décadas antes de que el «Proyecto 259» y otros estudios comenzaran a recopilar datos concretos sobre el tema. Incluso el ciudadano más desinformado no puede dejar de notar la increíble correspondencia entre el aumento del azúcar en la dieta promedio (desde 8 kg per cápita por año en 1800, hasta unos asombrosos más de 70 kg en la actualidad) y el aumento de la obesidad en la población en general.

La respuesta a esa pregunta va al corazón de “La crisis de la ciencia” que identifiqué en un artículo el año pasado. Como observé en dicho artículo:

“Los laboratorios modernos que investigan cuestiones de vanguardia involucran tecnologías costosas y grandes equipos de investigadores. El tipo de laboratorios que producen resultados verdaderamente innovadores en el entorno actual son los que cuentan con una buena financiación. Y solo hay dos maneras para que los científicos obtengan grandes subvenciones en nuestro actual sistema: las grandes empresas o el gobierno. Por lo tanto, no debería sorprender que las grandes corporaciones y las agencias gubernamentales con motivaciones políticas paguen por los tipos de ciencia que desean”.

De hecho, no sorprende encontrar intrigas como la conspiración azucarera en el corazón de las salas fétidas, decrépitas, institucionalizadas, fosilizadas y centralizadas de la academia moderna. También explica por qué la industria de los transgénicos sigue prosperando a pesar de la abrumadora (y creciente) evidencia de los efectos nocivos del consumo de alimentos genéticamente modificados.

Entonces, el lado positivo es el desenmarañamiento de la conspiración azucarera, que nos muestra que incluso las mentiras mejor financiadas y protegidas institucionalmente pueden, finalmente, quedar expuestas.

Por otro lado, llama la atención una pregunta más profunda: ¿Cómo cambiamos el sistema para que este tipos de conspiraciones no vuelvan a ocurrir?