La Guerra de las Galaxias y el Triunfo del Lado Oscuro

La luz existe en la oscuridad,
no tengáis únicamente una mirada oscura;
la oscuridad existe en la luz,
no tengáis únicamente una mirada luminosa.

Sekito Kisen. Sandokai


Ensenada, Baja California. 04 de mayo de 2019 (Informe § Hokana).-  El filósofo Slavoj Zizek ha señalado en múltiples ocasiones que el Episodio I: La Amenaza Fantasma (1999), contiene señales evidentes que hacen de Anakin Skywalker una figura cristológica.

La más clara sucede cuando Shmi Skywlaker, la madre del excepcional Anakin, es cuestionada por el Maestro Jedi Qui Gon Jin sobre la identidad del padre de Anakin; revelando que se trató de un nacimiento virginal, una “convergencia de la Fuerza”, la inmaculada concepción del elegido/mesías (el futuro Darth Vader). Es sencillo, en el universo ficticio de Star Wars, Cristo es el mal y el monoteísmo rígido y excluyente (La Regla de Dos: un solo maestro, un solo aprendiz) es lo que inspira la religión de los temibles y fundamentalistas Sith.

Ahora bien, la “religión del bien” que se opone al “monoteísmo” Sith, se compone de una amalgama de diversos credos orientales, principalmente el budismo practicado en su modalidad Zen por los antiguos Samurái (el referente histórico original de los ficticios Jedi) y llevado al Japón por los antiguos monjes chinos como Shitou Xiqian (conocido en la isla nipona como Sekito Kisen).

Las doctrinas budistas que llegaron al Japón fueron influidas por otras filosofías como el taoísmo chino (de donde George Lucas tomaría el concepto dual del Ying/Yang para plantear los dos lados contrapuestos pero complementarios del “lado oscuro” y “luminoso” de la Fuerza).

Pero en el mundo real la cosmovisión del taoísmo inspiró por igual los principios de la magna obra del estratega chino Sun Tzu: El Arte de la Guerra, cuyo tercer capítulo ofrece una visión de los dos caminos que un “verdadero general” (descrito por Sun Tzu como “un guerrero sereno e indescifrable”, algo así como un verdadero maestro de la Fuerza) puede tomar durante la guerra:

1. “Practica las artes marciales, calcula la fuerza de tus adversarios, haz que pierdan su ánimo y dirección, de manera que aunque el ejército enemigo esté intacto resulte inservible: esto es ganar sin violencia”.

O el lado luminoso de la Fuerza.

2. “Si destruyes al ejército enemigo y matas a sus generales, asaltas sus defensas disparando, reúnes a una muchedumbre y usurpas su territorio, todo esto es ganar con violencia”.

El lado oscuro, como explica el Maestro Yoda “más rápido, fácil, más seductor es”.

La Tradición de la Fuerza

En el último capítulo de la saga original, el Episodio VI: El Retorno del(os) Jedi (1983), Luke Skywlaker, único aprendiz sobreviviente de la antigua orden, es protagonista de uno de los finales más (satisfactoriamente) anti-climáticos de la historia del cine comercial norteamericano. Frente al Supremo Maestro Sith y Emperador: Shev Palpatine (una especie de Papa católico oscuro); Luke elige el camino de la luz descrito por Sun Tzu y logra que su terrible enemigo pierda su ánimo y dirección.

Al arrojar su sable de luz al suelo y rehusarse a destruir con violencia a Vader/Anakin (“Nunca me convertiré al lado oscuro. Yo soy un Jedi… como mí padre antes de mí), Luke da la espalda a Vader pero rinde tributo a la tradición de su linaje, cunado “padre” ya no posee un significado puramente biológico (como tampoco lo tenía la palabra “hermano” que Obi-Wan enuncia la enfrentar a Vader/Anakin), sino que se ha convertido en una referencia a la verdadera familia/tradición Jedi: esa vieja orden diversa a la que Anakin alguna vez perteneció, una colectividad incluyente de razas y credos (o al menos visiones diferentes de la Fuerza) que casi fue destruida junto con la Antigua República (Episodios I-II-III), una multiplicidad que se resguardó en la Alianza Rebelde (IV-V-VI), asediada por las rígidas creencias del monoteísmo Sith y la supremacía racial (humana) del Imperio de Palpatine.

Luke (que triunfa rehusándose a continuar con la guerra) logra entonces, a través de la compasión (un principio calve en el budismo) que el ánimo (de devoción y sumisión) y dirección (oscura) que mantenían atado a Anakin con Vader finalmente cedan. Y tanto “Vader” como el Emperador son derrotados. Se insinúa entonces al final de la saga original, la posibilidad de paz (la armonía o el equilibrio) en la Galaxia y el regreso de la vigorosa Orden Jedi que siempre rechazó cualquier guerra (“somos guardianes de la paz; no soldados”, afirmaba Mace Windu).

La Traición Skywalker.

Un final (y un mensaje) como éste, en donde el protagonista logra ganar sin violencia, ya es prácticamente impensable en el cine comercial del Siglo XXI, en la era del 3D, donde la audiencia espera el espectacular final con batallas épicas entre (Super)héroes que pelean en cámara lenta en medio de la emocionante destrucción total de una ciudad/mundo durante otro ataque terrorista apocalíptico del espacio.

Desafortunadamente, en el Episodio VIII: Los Últimos Jedi, el director Ryan Johnson decidió traicionar todo lo que hacia valioso a Star Wars, todo lo que significó aquel triunfo/mito de la icónica religión de la Fuerza: el personaje de Luke, envejecido y cobarde, tiene tanto miedo del sufrimiento que su propio aprendiz pudiera causar que pretende asesinarlo mientras duerme (el miedo conduce a la ira, la ira condice al odio… ). Pero no es el único personaje que se traiciona a sí mismo.

El maestro Yoda quemará las escrituras antiguas (el conocimiento que tanto se preocupó en preservar en el Episodio III) con un rayo de Fuerza, como si se tratara del Imperio destruyendo el planeta Alderán.

La radical Alianza Rebelde del Episodio VI, que George Lucas creó inspirándose en la guerrilla comunista del Viet Cong (donde además los monjes budistas resistieron al gobierno títere de EU), quedará reducida a la reaccionaria metáfora del actual Partido Demócrata en su crisis trumpista (La otra Resistencia), donde la nueva y joven izquierda (tóxica y masculina) de Poe Dameron debe someterse sin cuestionar a la experimentada lidereza (#Holdo2020).

Y con el permiso de la madre (Leia Organa), Luke Skywlaker firma la sentencia de muerte de su ex-acólito Kylo Ren: “La guerra (santa) apenas comienza”, espeta un amenazante Luke, con una expresión en el rostro digna de los sanguinarios y fundamentalistas Sith.

Revivida la vieja “Regla de dos” que rige el yihadismo Sith: El Nuevo Padre (Dios Omnipresente/Astral Luke), la Hija (Cristo-Rey), guiados por el lado oscuro de La Fuerza, la reforma (en la mejor tradición protestante) de Ryan Johnson, convierte sin querer el mito de Luke (que abiertamente cuestiona el camino Jedi) en una apología del lado Oscuro.

No es casualidad que Johnson (sospecho que de manera inconsciente) permita que el único guiño a la posibilidad de paz o equilibrio venga del villano: Kylo Ren.

A más de 35 años de Episodio VI, una cosa es clara: no hay balance, ni equilibrio, ni multiplicidad de razas (es dolorosamente evidente que los alienígenas ya no ostentan papel significativo en “La Resistencia”). Pero tendremos interminables películas para vivir las emocionantes guerras entre los últimos herederos del lado oscuro. La Guerra que apenas comienza, la guerra (perpetua) de las Galaxias.