En defensa de la propaganda y por la descentralización del IMCINE

Baja Studios, originalmente construidos por 20th Century Fox en Rosarito, Baja California

Por Alan Gómez.

Ensenada, Baja California. 30 de agosto de 2018 (Informe § Hokana).-  Durante la preproducción de Jurassic Park 3 (2001), los productores de la famosa franquicia se acercaron al Departamento de Defensa de los Estados Unidos para solicitar el préstamo de algunos aviones de combate. Planeaban una gran escena final, un escuadrón aéreo combatiría (y eventualmente derrotaría) una parvada de enormes reptiles voladores.

El Pentágono rechazó dicha solicitud porque semejantes imágenes solo podrían generar en la audiencia un sentimiento de lástima para con los animales ficticios; y peor aún, dejaría a los militares de la Fuerza Aérea representados como crueles asesinos de los gigantes des-extintos.

El guión fue alterado drásticamente y la película terminó escenificando un rescate militar eficiente, con equipo y personal cortesía del gobierno norteamericano.

Este solo es uno de los ejemplos de la conspirativa relación que existe (o al menos existía antes de la Era Trump) entre los centros de poder estadounidenses y Hollywood, una relación denunciada por el investigador Tom Secker, quien ha utilizado la Ley de Libertad de Información en Estados Unidos para obtener documentos desclasificados que prueban la fuerte influencia del gobierno, el ejército y las agencias de inteligencia norteamericanas, ejercida para pintar con rostro amable al Estado y al aparato de seguridad en las películas de “entretenimiento” estadounidense.

Pero más allá de la presencia militar oportuna en el cine de Hollywood; desde cintas como la excelente A Few Good Men (1992), pasando por Erin Brockovich (2000) y hasta Captian America: Winter Soldier (2014), existe un mensaje constante que siempre favorece ideológicamente al país norteamericano. Las tres cintas que cito, aunque muy distintas entre sí, funcionan bajo una mismo mensaje (tan fantástico como envidiable): sin importar lo mucho que se corrompa el sistema o las instituciones norteamericanas (militares asesinos en la Base de Guantánamo, una corporación que contamina el agua de una ciudad entera, o un grupo filo-nazi que opera en secreto al interior de Washington para asesinar al heroico Capitán América); al final… los héroes y sobre todo los “valores americanos” siempre triunfarán sobre el mal.

En esta era de las conspiraciones debo preguntar: ¿La supremacía de estos valores e ideas que coinciden en tantas cintas estadounidenses (con alcance verdaderamente global) serán mera coincidencia o serán también diseño de alguna estrategia gubernamental?

Cultura Multipolar

Pocos países han entendido que es posible impulsar sus “productos culturales” tradicionales y al mismo tiempo aprovechar el flexible potencial del cine manufacturado en California (Estado que opera como un “Imperio Interior” en EU) y así propagar sus propias narrativas audiovisuales, sus propios héroes, ideas y valores.

Las numerosas adaptaciones de las novelas del agente 007 o las cintas que retratan con buena luz la vida “secreta” de la realeza británica, son evidencia de la “relación especial” entre las dos potencias anglosajonas que han dominado el mundo durante los últimos siglos (en parte a través de Hollywood).

En cierta medida, la cultura japonesa (que ha sido descaradamente reimaginada y reapropiada en el cine norteamericano) también pareciera comenzar a relanzarse estratégicamente (incluyendo una cabeza de playa californiana). La iniciativa del gobierno japonés “Cool Japan”, un tsunami de series y películas de Anime en Netflix (con sede en Beverly Hills, California) o la Asociación de Turismo de Anime, son muestra del esfuerzo de diversos sectores de la sociedad japonesa (incluyendo al gobierno) para aprovechar la irrupción exitosa en la taquilla global de cintas tan espectaculares como Kimi no Na wa (2016), una cinta de animación que cuenta con un guión mejor desarrollado que muchas cintas estadounidenses; pero que al mismo tiempo descaradamente explota el potencial turístico de Japón a través de la ficción.

Como analicé previamente, otro ejemplo reciente es la compra de Legendary Entertainment por el conglomerado chino Wanda, quienes prácticamente han estableciendo una base de operaciones para generar “poder blando” a favor de la República Popular China en pleno Hollywood.

Taquillazos globales como The Great Wall (2016), Pacific Rim: Uprising (2018) y Skyscraper (2018), producidas por Legendary/Wanda y cuyas tramas suceden principalmente en China, no solo cuentan con diálogos en mandarín sino que ofrecen una buena dosis (fantasiosa y simplificada pero directa y digerible) de los valores y la cosmovisión del país asiático.

Mexifornia

Estrategia, propaganda o política son términos que generalmente resultan ajenos para las grandes audiencias del cine comercial, e incluso para muchos de los cineastas y creadores audiovisuales. No es el caso de cineastas como Oliver Stone (homenajeado en La 5ª edición del Festival Internacional de Cine de Los Cabos, en Baja California) o el caricaturista Lalo Alcaraz, artista californiano que ha denunciado durante años la apropiación cultural (incluyendo la explotación de la cultura mexicana) por parte de Disney y otras grandes corporaciones mediáticas en EU.

Si creadores como Stone o Alcaraz (este último, autor de punzantes obras como Migra Mouse: Political Cartoons on Immigration) se desarrollaran profesionalmente en México, sus contundentes y ácidas críticas los habrían vetado de las grandes empresas de medios nacionales (por algo Televisa está tan anquilosada). Pero hace mucho que California no pertenece a México y la capacidad casi alquímica de adaptación, regeneración y asimilación en Hollywood (Brian de Palma ya planea una cinta sobre los escándalos sexuales de Harvey Weinstein) han permitido la oportuna participación de Alcaraz como asesor en los Estudios Pixar (propiedad de Disney)

El caricaturista trabajó en la producción de la película Coco (2017), fungiendo un papel determinante en la creación de un producto hollywoodense que hiciera justicia a las tradiciones ancestrales y la cultura de la mayoría demográfica californiana, que casualmente ha migrado desde el sur de la frontera gracias a la ineptitud y el desinterés de los gobiernos mexicanos.

México 2021

Fueron también el desinterés y la ineptitud durante el sexenio de Felipe Claderón para con los Baja Studios en Rosarito, Baja California (inaugurados con la filmación de Titanic (1997) a cargo de James Cameron,  un cineasta condecorado con la Orden Mexicana del Águila Azteca), lo que provocó el abandono de dichas instalaciones por parte de 20th Century Fox, uno de los grandes estudios de producción hollywoodense, mismo que prometía convertir a la Baja en la capital del inevitable Mexi-Hollywood.

Un sexenio después, los torpes acuerdos del gobierno de Peña Nieto con los Estudios Sony (un indiscreto arreglo) poco han logrado en términos de “poder blando” para (y dentro de) México. Pero lo mismo puede decirse de las insufribles películas mexicanas en la última década, que retratan una y otra vez la misma vergonzosa e insegura premisa (estadounidenses se dan un “baño de pueblo” en o de México y por fin se enamoran de nuestra cultura o de nosotros): Mariachi Gringo (2012), No se aceptan devoluciones (2013), American Curious (2018); pero también excelentes películas como El infierno (2010), cuyo mensaje presenta la antítesis a la propaganda de los “valores americanos” (sin importar tu nobleza o intenciones heroicas; “el sistema”, osea México, te convertirá en un ser despreciable) son todos ejemplos de la descolocada (si es que la hay) estrategia ideológica o simplemente propagandística en la cinematografía comercial mexicana.

Sueños de plata

Confieso, un poco como cinéfilo y un poco como patriota, que fantaseo con numerosas franquicias nacionales de animación que emulen sin vergüenza el despliegue audiovisual brillante del Anime japonés, pero inspirándose en las primeras civilizaciones de México (un ejemplo solitario es el videojuego Mulaka, que adapta la cosmogonía rarámuri para presentar fantasía y aventura).

Me pregunto si sería posible una nueva saga de delirantes películas de luchadores (pero ambientadas con guapachosa música surf mexicana) donde las clásicas tramas de “ciencia ficción” desparpajada, ahora se presenten con coreografías de lucha aérea que alcancen los niveles de violencia y espectacularidad que el cine de artes marciales de Hong Kong ha popularizado en todo el mundo.

Imagino la próxima versión cinematográfica de Los Demonios del Edén como la primera de muchas cintas que señalen con necesaria autocrítica a las “élites” políticas, empresariales, mediáticas y sociales en México, implicadas también en la bizarra secta NXIVM y el tráfico sexual.

Deseo ver una gran película (comercial) mexicana que no se ufane o conforme con el triunfo económico-personal (neoliberal en esencia) de los sicarios y los narcotraficantes; sino que inmortalice la gloriosa defensa colectiva de un pueblito maltrecho y un puñado de autodefensas (al mejor estilo narrativo de Los Siete Samurai [1957] o Mad Max Fury Road [2015]); y de forma vertiginosa, como sucesora espiritual de la genial Miss Bala (2011), retrate la lucha de los verdaderos mexicanos contra la corrupta y oscura alianza narco-político-policiaco-militar “mexicana”, una amenaza criminal que al final descubrimos (en una exquisita vuelta de tuerca), opera (como en la vida real) bajo el mandato de alguna macabra entidad extranjera.

Por cierto, esa misma alianza oscura es la que asesina estudiantes de cine.

Estrategia geocultural

Pero ninguna visión (mía o ajena) de grandeza (cinematográfica) nacional se hará realidad por generación espontánea. Se requiere de una estrategia clara y una red de alianzas que incluyan a la cada vez más mexicana California y/o la región Asia-Pacífico, donde ya se ubican los mercados culturales y la taquilla más grande del mundo.

Ahora que una cineasta nacionalista, María Novaro, será directora del Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), y la nueva administración de AMLO plantea proyectos nacionales ambiciosos y posibilidades de descentralización, diversificación y el rescate de la soberanía, quizá sea posible construir una verdadera industria cinematográfica para México, protegida (como en Francia o en China) contra la avalancha cultural extranjera, pero al mismo tiempo con la inteligencia para crear y propagar (en México y el mundo) el arte, las ideas, valores y las nuevas historias que nos definirán, aprovechando el potencial geoestratégico de la Península de Baja California y su relación tanto histórica como presente con la (todavía) capital del cine comercial global.