Las Guerras del Coronavirus y la Consolidación de la Multipolaridad

Ensenada, Baja California. 24 de marzo de 2020 (Informe § Hokana).-  La pandemia del coronavirus es el fin de nuestro mundo. Los índices bursátiles se desploman niveles de la Gran Depresión (1929), colapsan los precios del petróleo y las tasas de desempleo explotan en países «contagiados», las Olimpiadas han sido canceladas para este año y la OCDE clama por un nuevo Plan Marshall para resucitar las economías del mundo «occidental».

Es precisamente ese mundo el que se desmorona: las fronteras de las democracias «liberales» se cierran, la cadenas de suministro y comercio «globalizadas» se fragmentan y los Estados-Nación enteran en pánico mientras nacionalizan aerolíneas, hospitales y vías férreas.

Italia ya está en cuarentena completa (y Moscú, la «Tercera Roma» parece más dispuesta a ayudarla que la «Unión» Europea), por si fuera poco, países de Europa Oriental como Serbia agradecen la ayuda de China mientras lamentan la «inexistente solidaridad europea» en medio de la pandemia.

Francia declaró un toque de queda nocturno (en la mejor tradición jacobina). Boris Johnson, siguiendo el espíritu del individualismo «liberal» británico, sugirió que la infección es un asunto individual y que se permitiría el contagio de hasta 60% de la población, simpatizando de antemano con aquellos que perderán a sus seres queridos. Y Trump, el presidente de Estados Unidos, ya está culpando al enemigo extranjero por la desgracia global (en esta ocasión no son los terroristas sino China).

Cada país «occidental» se rasca con sus propias uñas, y enfrenta su propia «misión coronavirus» en base a su realidad geopolítica y a sus propios fundamentos civilizatorios. Este virus está enterrando en tiempo real los principales mitos de la globalización financiera y el orden mundial liberal: las fronteras abiertas, la interdependencia económica, las instituciones «multilaterales» y la viabilidad de un solo sistema financiero dolarizado.

No debemos engañarnos. Cuando la pandemia acabe, si es que acaba; nada volverá a ser lo mismo. Y aunque es casi imposible prever «el Nuevo Orden Mundial» que surgirá de las cenizas del viejo. La multipolaridad, tan anunciada desde hace años, es un sistema que históricamente nunca ha existido, y si buscamos una comparación realista, lo más similar fue La Era de los Descubrimientos y la Era de la Navegación, los períodos históricos que comenzaron en el Siglo XV y continuaron durante el XVI y XVII; cuando los europeos, haciendo uso de una variante de la tecnología marítima islámica (qarib o «Carabela»), armados con pólvora china, e incluso adoptando tecnologías mesoamericanas (como el Ichcahuipilli), recorrieron casi la totalidad del planeta, cartografiándo y conquistando gran parte de los «mundos» que encontraban a su paso.

Cuando Cristobal Colón cruzó el Atlántico en 1492, marcó el inicio de una era donde todos los pueblos de cada continente en el mundo entraron en competencia directa o indirecta por expandir sus zonas de influencia, territorios y recursos, principalmente a través de los mares.

No todos los pueblos pudieron resistir el avance de los Imperios más poderosos. El mundo islámico, Japón y China existieron más o menos «independientes» de Europa. Pero otras civilizaciones, principalmente en América y África fueron eventualmente sometidas al dominio imperial europeo.

Existieron pactos e incluso comercio entre Imperios, así como conflictos internos por el re-acomodo de las nuevas «élites» y clases sociales (comerciantes y piratas, «criollos» y mestizos); pero sobre todo se creó una competencia feroz.

Tan solo en el Siglo XVI (de 1501 a 1600), la Conquista de México (1519-1521), la Conquista de Túnez (1534), la Guerra Turco-Veneciana (1570-1573), la Guerra Ruso-Sueca (1590-1595), las Invasiones Japonesas de Corea (1592-1598), la Guerra Hispano-Camboyana (1593-1597), entre muchas otras, implicaron grandes transformaciones geopolíticas en cada región de conflicto. Pero también cambios filosóficos y culturales. Múltiples guerras «aisladas» que se conectaban indirectamente a nivel global en una competencia bélica y tecnológica, así como religiosa y cultural.

Como muestra: mientras a partir de 1521 se forjaba una «Nueva España» católica en Mesoamérica; en el norte de Europa, un movimiento teológico «protestante» liderado por Martin Lutero comenzaría un cisma que eventualmente permitirá, en 1534, la «liberación» de los cristianos británicos de cualquier subordinación al papado (en Roma), permitiendo el surgimiento de la Iglesia Anglicana y dando paso a sectas etno-religiosas como los «cuáqueros» y los «puritanos», que eventualmente colonizarían la inhóspita región de Norteamérica, forjando las «Trece Colonias» de población «blanca, anglosajona y protestante» que competían geopolítica y religiosamente con el catolicismo mestizo novo-hispano (hoy mexicano).

Prácticamente al mismo tiempo que la «Reforma Protestante» independizaba a la cristiandad nor-europea; en 1537, el Imperio Español, al necesitar de una fuerza militar marítima cuya base central fuera cada navío que surcaba el Atlántico (y controlaba la recién conquistada capital Azteca); daría paso a la novedosa «Infantería de Marina», cambiando para siempre la forma en la que se desarrolla la guerra.

Para 1548, en medio de estos cambios navales espectaculares, China prohibiría todo comercio exterior, cerrando todos los puertos marítimos a lo largo de sus costas, defendiéndose constantemente de los temibles piratas japoneses (Wokou) y comenzado una etapa prolongada de aislamiento.

Sería también el siglo de grandes astrónomos como Giordano Bruno (1548-1600), quien cambió para siempre la cosmovisión humana al proponer que el Sol no era más que una estrella más entre tantas otras en el firmamento, y que incluso podría existir vida cerca de algún otro «sol» o estrella del Universo. Sería el tiempo también del polímata otomano Taqī al-Dīn, quien en 1551 desarrolló la primera máquina de vapor en el mundo.

En Rusia, el primer Zar, Iván el Terrible (que gobernaría de 1547 a 1575), comenzaría la expansión de la zona de influencia rusa, conquistando a otros pueblos y reinos desde la región de los Balcanes europeos hasta la Siberia oriental, conformando las bases de la Civilización terrestre más grande de la Historia humana y hasta la fecha.

Si regresamos de un salto al Siglo XXI ¿Por qué China, al inicio de esta compleja pandemia, declaró que se enfrentaba a una «guerra del pueblo» contra el coronavirus? ¿Por qué la canciller alemana, Ángela Merkel, invoca la Segunda Guerra Mundial para explicar los desafíos que le esperan al pueblo alemán? ¿Por qué Macron miró con ojos de acero a las cámaras y pronunció «nous sommes en guerre«? ¿Por qué Donald Trump se ungió a sí mismo como un «presidente de tiempos de guerra» y revivió una Ley de Producción de la Guerra contra Norcorea? ¿Por qué Irán afirma que el COVID-19 tiene muchos rasgos de ser parte de una guerra biológica? ¿Por qué, incluso AMLO, el presidente de México alista al ejército (con el plan Plan DN-III) para entrar al rescate de los mexicanos? ¿Por qué los líderes del mundo aseguran que los tiempos que estamos viviendo serán básicamente «guerras»?

La respuesta es que nuestro siglo, o la menos nuestra década, no verá una «Tercera Guerra Mundial Nuclear». Pero sí un enjambre de guerras, y al igual que en el Siglo XVI, frágiles pactos entre Imperios que buscarán la mayor tajada posible de territorio, recursos, influencia y poderío tecnológico y científico.

La diferencia es que estas guerras se pelearán de forma híbrida, incluyendo a los medios de comunicación (o propaganda y desinformación), así como de piratería virtual y armas informáticas, golpes de Estado suaves y sabotaje electrónico.

Incluirá también nuevas formas y escenarios de combate, en el espacio exterior por ejemplo; la tecnología 5G, guerra biológica, batallas por el agua, el litio y los minerales raros.

Habrá competencia permanente por la estabilidad de las regiones comerciales afines (y la desestabilización constante de las zonas rivales), nuevas ciencias y expresiones culturales (como la realidad virtual) que permitan mantener una demografía «estable» y «coherente» con los proyectos de «Estado-Civlización» que sí resistan las turbulencias migratorias y el desempleo causado tanto por las pandemias como por la automatización robótica.

Algunas potencias preferirían «aislarse», y tampoco deben descartarse cambios drásticos en las religiones, cosmovisiones y filosofías del mundo; que se transformarán para tratar de responder a las nuevas crisis ecológicas e identitarias. De hecho, será inevitable el surgimiento de muchos polos de poder, muchos «mundos».

En el caso de México, como hace más de 500 años, el escenario no será sencillo. El rezago tecnológico y militar una vez más nos coloca en una disyuntiva cruel. Aunque la demografía y una cultura milenaria son cartas poderosas (basta estudiar las resurrecciones económicas de China y Japón); México es vecino de un gigante herido que bien podría arrastrarnos con él.

Solo existen dos opciones: sucumbir, una vez más, a las contradicciones y divisiones internas para terminar dominado nuevamente por otro Imperio (ya sea uno decadente o emergente).

O, de alguna forma, en medio de la crisis… intentar forjar uno propio, un Imperio propio.

Fuentes:

Geopolítica.ru (2020, 15 de marzo). Los dioses de la plaga. Recuperado de: https://www.geopolitica.ru/es/article/los-dioses-de-la-plaga-la-geopolitica-de-la-epidemia-y-las-burbujas-de-la-nada

Corbett Report (2020, 3 de marzo). THIS Is What World War III Looks Like. Recuperado de: https://www.corbettreport.com/this-is-what-world-war-iii-looks-like/